"El que pregunta con mala intención no merece conocer la verdad"
-San Ambrosio
Extractos de cartas del Padre Pío
(Recopilación: P. Gianluigi Pasquale en “365 días con el Padre Pío”)
Diciembre 12
Moisés, aquel gran caudillo del pueblo de Dios, encontró al Señor en la oscuridad del
Sinaí. El pueblo hebreo lo vio en forma de nube y como nube aparecía en el Templo.
Jesucristo, en la transfiguración en el Tabor, fue primero visible para los apóstoles y después se volvió invisible, porque quedó envuelto en una nube luminosa. El esconderse de Dios en la oscuridad supone un agigantarse a nuestras miradas y que, de visible e inteligible, se transforma en puro ser divino.
La lucha con el enemigo no debe asustaros: cuanto más íntimo al alma se hace Dios, más dentro suele estar el adversario. Ánimo, pues.
Al hablar de la oscuridad, he dado también respuesta al hecho de las sombras que parece que se agolpan en vosotras. No son sombras, mis queridas hijas, sino luz, y luz tan potente y luminosa que aturde al alma, que está habituada a pensar de Dios de un modo normal y casi humano.
Dad gracias al Señor si, ya desde esta vida, os dispone a pregustar aquella visión en la que, no viendo nada, se ve todo.
(11 de diciembre de 1916, a las
hermanas Ventrella, Ep. III, 548)

Jesucristo, en la transfiguración en el Tabor, fue primero visible para los apóstoles y después se volvió invisible, porque quedó envuelto en una nube luminosa. El esconderse de Dios en la oscuridad supone un agigantarse a nuestras miradas y que, de visible e inteligible, se transforma en puro ser divino.
La lucha con el enemigo no debe asustaros: cuanto más íntimo al alma se hace Dios, más dentro suele estar el adversario. Ánimo, pues.
Al hablar de la oscuridad, he dado también respuesta al hecho de las sombras que parece que se agolpan en vosotras. No son sombras, mis queridas hijas, sino luz, y luz tan potente y luminosa que aturde al alma, que está habituada a pensar de Dios de un modo normal y casi humano.
Dad gracias al Señor si, ya desde esta vida, os dispone a pregustar aquella visión en la que, no viendo nada, se ve todo.
(11 de diciembre de 1916, a las
hermanas Ventrella, Ep. III, 548)
